El ladrido de Becerro

Por Constanza García y Alejandro Contreras

IMG_4037Entre el cruce de las comunas de Santiago, Quinta Normal e Independencia, rodeado de los árboles del Parque de los Reyes, se presenta una edificación de concreto sólido y frío; solitaria como una isla e infatigable como una fortaleza. Un edificio que en sus más tiernos años albergó uno de los primeros hornos crematorios eléctricos de la capital. Un recinto que luego, entre los años 50 y 60, alojó la Perrera Municipal de Santiago. Hoy, es un centro experimental de arte, bastión que dentro de su corteza dura y fría, da espacio a los movimientos más alternativos del arte capitalino. Un lugar que en palabras de su fundador y director es “un planeta”.

Son las 11 de la mañana y somos recibidos por Antonio Becerro en la envejecida puerta metálica del Centro Experimental Perrera Arte. A su lado, el “Capitán”, un perro mestizo, mezcla de Siberiano, que acompaña al fundador del centro como fiel mano derecha.

La “Perrera” es escenario de performances, pintura, acciones de arte, instalaciones, puestas en escenas para vídeos y otras experiencias artísticas. Es residencia para creaciones estéticas independientes y comerciales. Estableciendo proyectos con diversas comunidades de la capital y siendo locación de filmación para proyectos televisivos como “Cárcel de Mujeres”.

Nos desplazamos al interior de este castillo del Santiago moderno, sus paredes solidas de concreto reforzado aíslan cualquier entrada de luz y calor del exterior, siendo cascarón perfecto para las piezas de arte que habitan en su intimidad. El techo es coronado por una fila de perros negros moldeados en fibra de vidrio, la misma jauría azabache que en enero de este año remataba el techo del Museo Bellas Artes, en una instalación bautizada como “Encontraron Cielo”.

“El arte siempre va a ser un instrumento que va a diseccionar donde menos te lo esperas, aunque esté sucio, como un bisturí” nos relata Becerro en su oficina, hablándonos desde su escritorio de madera sin barnizar, donde descansan objetos de toda índole: pinceles, una plancha, varios pares de lentes, libros y cuadernos de todo tipo. “No puede haber arte sin un conocimiento político, el arte es peligroso y a los políticos no les gusta el arte porque es pensante”.

A los pies de Antonio, dormita el Capitán, el can de gran tamaño que descansa sobre sus largos 18 años de vida. La Perrera le rinde homenaje a este perro, y a Floripondia, la perra que fue su pareja, usando la imagen de ellos copulando como símbolo de este centro cultural. Destacando, en este logotipo, las palabras: margen, rescate, vanguardia, style, arte, memoria, lisérgicos, identidad, antropomorfos e insurrectos. El dueño de Floripondia también le ha hecho un homenaje personal, llevando el retrato de esta perra como un tatuaje en su brazo derecho.

En 1995, Antonio decidió rescatar este espacio urbano, símbolo de la opresión animal, para darle un nuevo uso. Su fundador solamente esperaba quedarse tres meses a cargo, y sin embargo, ya han pasado casi veinte años desde ese día y el centro no ha dejado su responsabilidad. Su filosofía hacia los animales se afirma en el respeto, en tratar a los animales por igual.

En el folleto disponible en Bellas Artes sobre la instalación “Encontraron cielo”, afirma que la “subsistencia de la Perrera a lo largo del tiempo como centro de producción, exhibición y experiencia del arte ha permitido una transversalidad sin precedentes en cuanto al análisis y las perspectivas desarrolladas en torno al escenario artístico sobre el concepto de lo independiente y de la institucionalidad del arte en Chile”.

Becerro nos lleva a recorrer la Perrera y nos enseña dónde están albergados el resto de los perros de la exhibición que tuvo lugar en Bellas Artes, en la Universidad Santiago de Chile y en el Museo de Arte Moderno de Chiloé. Ahora esta jauría atravesará el Atlántico para ser parte de una exposición en Italia.

La perrera ha sido definida por su pasado. El procurador de este centro utiliza la taxidermia para el arte, tal como la artista chilena Caterina Purdy, sin embargo, la diferencia radica en que Becerro utiliza a los perros como un medio para expresar sus ideas, les entrega y valor y direcciona el mensaje a una sociedad, que según él mismo, carece de identidad país, y donde faltan consensos para que la gente se encuentre. Lugar, en el que esta fortificación, aislada de la gran ciudad, intenta construir los mensajes de un Chile desconocido y cambiante, rescatando del abandono estéticas, mensajes y formas, como si fueran un perro de la calle.

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